martes 1 de julio de 2008

HOMENAJE AL BEATO DAMIÁN DE VEUSTER


SENADO DE CHILE
LEGISLATURA 331ª, ORDINARIA
Sesión 5ª, Ordinaria, en miércoles 7 de junio de 1995
(De 16:24 a 20:14)
PRESIDENCIA DE LOS SEÑORES GABRIEL VALDES, PRESIDENTE,
Y RICARDO NUÑEZ, VICEPRESIDENTE
SECRETARIO EL SEÑOR RAFAEL EYZAGUIRRE ECHEVERRIA, TITULAR

El señor NUÑEZ (Vicepresidente).— Conforme a lo acordado por los Comités, corresponde rendir homenaje al beato Damián de Veuster, Apóstol de los Leprosos de Molokai y fundador de la Congregación de los Sagrados Corazones de Chile.
Tiene la palabra, en primer término, el Honorable señor Ruiz-Esquide.
HOMENAJE AL BEATO DAMIÁN DE VEUSTER

El señor RUIZ-ESQUIDE.— Señor Presidente, junto a Senadores de distintas bancadas —y, en el caso nuestro, en especial a los Honorables señores Arturo Frei y Lavandero—, hemos solicitado estos minutos para rendir un homenaje de respeto y admiración a un hombre de la Congregación de los Sagrados Corazones que fuera recientemente beatificado: el Padre Damián de Veuster, llamado también Apóstol de los Leprosos. Fue un sacerdote belga que, a fines del siglo pasado, vivió y murió en la isla de Molokai, del archipiélago de Hawai, en medio de los recluidos, leprosos como él, a los que solicitó asistir como religioso.

Su nombre está ligado a Chile porque su Congregación forma parte del quehacer educacional y apostólico de nuestro país desde 1834. Quienes pasamos por sus aulas y hemos vivido cercanos a ella nos empapamos del ejemplo de este hombre que se hizo leproso en ejercicio de una suprema acción de caridad, en medio de la expresión paradigmática del dolor y de la angustia: la lepra de aquellos años, caridad que asumió por 16 años, con alegría en sus escritos, en sus noches y en sus días —y que nos recuerda el "Contento, Señor, contento" de nuestro propio beato—, hasta consumaría en la frase del Evangelio de San Juan, "No hay amor más grande que el que da su vida por los amigos.".
Por estos 160 años, su Congregación ha significado también la presencia de sus valores en nuestras ciudades, campos y poblaciones, desde que el padre francés Juan Crisóstomo Liausu estableciera el primer colegio, en la actual plazuela San Francisco, en esta ciudad de Valparaíso, a la que arribó en escala a Hawai. Siete años más tarde se asientan también en nuestro país las Hermanas de los Sagrados Corazones, para iniciar una historia rica en aportes al Chile republicano, que hasta ahora continúa.
Al rendir este homenaje a un hombre santo, justo es referirnos al concepto de santidad, para comprenderlo y valorarlo.
La Conferencia Episcopal, en el documento "Nueva Evangelización para Chile", nos la describe de una forma actual y cercana. "La santidad" —se señala— "no consiste en una mera repetición de lo aprendido en el pasado. La gracia de la santidad consiste en recrear en cada época la experiencia de Jesús, en responder con los criterios del Señor a los desafíos que la vida y la historia nos plantean en cada circunstancia.". Es la Santidad de lo cuotidiano y no sólo de lo excepcional.
Por eso el Padre Damián responde, como mártir de la caridad, inmolándose por sus hermanos leprosos de Molokai, a lo que hubiera hecho Cristo si hubiese estado en su lugar.
Proveniente de Bélgica, llegó a Hawai en labor misionera en 1873. Poco después, pide ser enviado a la colonia de leprosos, cuya condición conmueve a su Congregación Misionera, desde donde ya no volvería a salir, hasta su muerte en 1889. Muere del contagio de una enfermedad que, incurable en ese entonces, adquiría, además, una connotación de repulsión, segregación y soledad. Chile, en Pascua, tendría también su leprosario, acercándonos a esa imagen que Veuster nos transmite cuando escribe:
"Hoy no sentí ya el calor del agua. Los microbios de la lepra han anidado en mi pierna izquierda y en mi oreja. Soy ya como uno de mis hermanos.". Hermanos leprosos a los que sirve en lo concreto, en su mundo real, para que, en medio de lo irrecuperable, haya una esperanza de fraternidad y para que, hasta el final inevitable de una enfermedad atroz, se encuentre la alegría. "El jardín de los muertos" llaman a su cementerio, que este humilde sacerdote belga construye en su colonia de condenados.
Este beato de hoy, tal vez muy poco conocido, en largo trámite de beatificación, provocó, desde su muerte hasta ahora, la admiración de hombres y mujeres de todas las latitudes y en todas las creencias y filosofías. Ello es el reflejo de su trabajo con religiosas, escritores, médicos de todas las religiones y funcionarios de todos los gobiernos de la época. Leerlo es atisbar el ecumenismo, tan lógico hoy, pero tan difícil entonces.
Por ello el Papa fue a beatificarlo a su tierra, mezcla de religiones y campo fértil para pensamientos renovados. Por ello en Chile —por primera vez en nuestra historia religiosa— su beatificación es concelebrada en un acto ecuménico. Por eso en la Catedral de Santiago se reunieron en una sola asamblea todos los mundos de Chile.
No son sólo, por ello, los testimonios de adhesión de capítulos, asambleas de Obispos o Prelados de todo el mundo de la Iglesia Católica los que piden su beatificación. Son hombres ajenos a su Iglesia los que se sienten llamados por su ejemplo.
Mahatma Gandhi lo señala como ejemplo para aquellos que —dice— busquen el amor a los hombres como camino de desarrollo interior.
El que fuera luego Eduardo VII de Inglaterra lo toma como razón de compromiso para fundar la "Sociedad para la Erradicación de la Lepra", primera gran fundación internacional para derrotar una plaga universal cuya extensión superaba entonces los 50 millones de enfermos.
Teodoro Roosevelt, desde la Presidencia de Estados Unidos, reconoce la conmoción que le produce su vida; y un agnóstico, como el gran novelista Stevenson, se subleva públicamente porque no se respalda su obra o se le abandona en la soledad de los desterrados de la "isla maldita".
Cuando Hawai se transforma en el Estado número 50 de los Estados Unidos, se hace representar en el Capitolio por la estatua del Padre Damián de Veuster.
Su ejemplo es reconocido hoy como "alegría de la Iglesia", en las palabras de los Prelados, no sólo porque eligió a los intocables del occidente; no sólo porque trabajó con los que no tenían esperanza alguna. Esa es sólo la mera externalidad de lo que Damián de Veuster representa. Hay alegría porque lo que hizo es la necesidad del mundo de hoy, que aún espera nuestra presencia. No se han acabado los leprosos, los desfigurados, los sin rostro, los que hieden hasta obligarlo a usar la pipa, como escribía a las autoridades.
Los rostros de la lepra de entonces son hoy los expatriados, los muertos en vida en tierras extrañas, los millones y millones de hambrientos, los niños con SIDA, los maltratados, los desposeídos del conocimiento, los pobres de nuestra patria para cuyo servicio fuimos elegidos. Son el fruto del holocausto nuclear que aún perviven, los que sobreviven destrozados por armas construidas por mercenarios y utilizadas por insensatos. Son el hombre común, sin rostro, el prójimo de cada uno de nosotros que espera nuestro compromiso. Porque el Padre Damián, en Molokai, demostró que, tras cada miseria irredenta, siempre hay una persona, un ser cuya naturaleza, reflejo de Dios, merece nuestro respeto, tanto como el más bello. El hambre, la pobreza, la guerra, la miseria no son simples entelequias sobre las que podemos discutir y pontificar; son seres humanos a los que somos llamados todos los días.
Cada uno de nosotros tiene un Molokai en el plan de Dios, y la beatificación de Damián de Veuster nos da esperanza de que algún día podamos reconocerlo, para poder seguirlo.
Por eso, Sor Teresa de Calcuta dice, desde sus leprosarios de la India, en medio de las externalidades del mundo y casi desafiando el Rito: ¿Por qué habría de esperarse milagros para beatificarlo? ¿No es suficiente milagro que haya hecho sentirse hombres a los andrajos de Molokai? ¿No es acaso un milagro que mis leprosos se sientan santos porque uno de los suyos será llevado al altar?
Por eso, Honorables colegas, ¿no es ése el milagro que hoy el mundo aún espera, para que la luz sea sol: La santificación de los desterrados?
Estimados señores Obispos y representantes de nuestra Congregación, que hoy han llegado al Senado, y, sobre todo, jóvenes de quienes tanto esperamos para nuestro país:
Hace muchos años, el Papa Pío XII, dirigiéndose a los cadetes de la "Esmeralda", llamó a Chile "un balcón florido que se abre al Pacífico". Hoy, este balcón florido está reafirmando sus ideales de amor fraterno al hombre, a todos los hombres y mujeres, a cada uno de los hombres y mujeres, como expresión concreta de los derechos humanos. Estos derechos no son ni un código, ni un discurso, ni un estigma para nadie, ni un camino exclusivo de nadie. Son, por decirlo de alguna manera, con mucho cariño y respeto, la modernidad del Evangelio.
Hoy, también nos abrimos a ese Pacífico que el Sumo Pontífice nos recuerda. Nos abrimos para extender nuestra riqueza, para dar testimonio en el escenario mundial del futuro de nuestra vocación de crecimiento y desarrollo.
Dios nos ha bendecido en sus hombres y mujeres para que ello sea posible, y nos ha puesto en este balcón en una atalaya privilegiada.
En la beatitud de un religioso de una Congregación muy nuestra, muy chilena y muy querida para nosotros, recordemos que desde esta atalaya debemos ver también Molokai, con sus leprosos y con la bondad de Damián de Veuster, para no olvidar que nacimos para servir y para que miremos siempre al Hombre en esa trascendencia que nada puede desfigurar.
He dicho.
--(Aplausos).
El señor VALDES (Presidente).— Tiene la palabra el Honorable señor Prat.
El señor PRAT.— Señor Presidente, hoy el Senado rinde homenaje al Padre Damián de Veuster, beatificado recientemente por la Iglesia Católica.
Poderosas razones justifican hacer un alto en el trabajo legislativo, para resaltar la obra y trascendencia de la vida del religioso. Su beatificación alegra y satisface una sentida y justa aspiración de amplios sectores que, desde distintas creencias y latitudes, han clamado porque se le diera esa investidura. En Chile, regocija a los Sagrados Corazones, su Congregación.
El impacto que su ejemplo de mártir de la caridad ha provocado en el mundo entero se mantiene vigente y, hoy, particularmente necesario.
Al respecto, aparecen con especial acierto las razones invocadas por la Conferencia Episcopal de Irlanda para pedir su beatificación, al señalar que "La vida (del P. Damián) encierra un particular atractivo para los jóvenes y para quienes se entregan a la causa de los pobres y marginados de la sociedad. En un tiempo de creciente materialismo, secularismo y consumismo sería un gran beneficio que la Iglesia beatificara a un hombre cuya vida fue totalmente entregada a Dios en el servicio de los desechados de la sociedad.".
En momentos en que más se requiere la tolerancia respecto de las ideas y pareceres distintos, y la unión de todos tras objetivos comunes, se presenta iluminador el ejemplo vivo del Padre Damián y de las reacciones que él provocara en quienes lo conocieron. Su testimonio suscitó la admiración de todos. Llegó a recibir la ayuda de anglicanos, luteranos, budistas y aun de no creyentes, quienes le brindaron múltiples gestos de amistad y de generosidad. Ha dicho un biógrafo que "Con esta unión, en algunos casos, en la oración de los unos por los otros; en todos los casos el respeto mutuo por las convicciones de cada uno sin callar las propias, y colaborando unidos en el mismo deseo y en la misma esperanza de servir y ayudar a los más desamparados, el P. Damián nos abrió un camino hacia el ecumenismo, hacia la comunión de todos los que creen en Jesucristo y llegando más allá, aun con los que no creen pero que son hombres de buena voluntad, que desean el bien de los que sufren;".
A lo largo de su entrega sin límites, a través del camino de la radicalidad en el amor al prójimo, de la solidaridad y del sacrificio, el Padre Damián dio testimonio de la luz superior que inspira los más elevados actos del ser humano. Decía, en carta de agosto de 1886, al Pastor Chapman: "Sin la presencia continua de nuestro Divino Maestro en el altar de mis pobres capillas, jamás hubiere podido perseverar compartiendo mi destino con los leprosos Molokai.".
Este mismo sentimiento trasciende a sus propias creencias. Así, Gandhi se expresará luego en estos términos: "Si la asistencia a los leprosos es tan querida por el corazón de los misioneros católicos, es porque ninguna otra obra exige como ella espíritu de sacrificio. Esta exige el ideal más elevado, la abnegación más perfecta. El mundo político y periodístico no conoce un héroe del que pueda glorificarse y que sea comparable con el Padre Damián de Molokai. La Iglesia Católica cuenta entre los suyos con millares de hombres que, siguiendo su ejemplo, han sacrificado su vida al servicio de los leprosos. Valdría la pena buscar en qué fuente se alimenta tal heroísmo.".
Señor Presidente, estimados colegas, nuestra Patria, cuyas instituciones, su historia y sus más caras tradiciones están impregnadas del espíritu cristiano, se regocija hoy con este nuevo beato. Y el Senado cumple con proyectar como ejemplo para nuestros jóvenes la vida de radical entrega en favor de los que sufren con que nos iluminara el Padre Damián de Veuster. Y para nosotros, para nuestra propia función, también asumimos el ejemplo de que, para unirse en una tarea común, noble y superior, no debe haber frontera alguna que nos separe.
En nombre de los Senadores de Renovación Nacional, adhiero al natural sentimiento de regocijo que esta beatificación trae a la Congregación de los Sagrados Corazones, a sus obispos, monjas y sacerdotes, que en Chile, desde 1834, han desarrollado una vasta labor pastoral y educacional.
He dicho.
--(Aplausos).
El señor VALDES (Presidente).— Tiene la palabra el Senador señor Martin.
El señor MARTIN.— Señor Presidente, Honorables Senadores:
José de Veuster, nacido en una familia profundamente cristiana, desde su infancia conoció a Aquel que dijo "Soy el camino, la verdad y la vida", camino que escogió para no separarse jamás de El, y verdad que llegó a su corazón, porque era la verdad de esa gracia divina que conduce al Señor.
Su padre, honorable granjero flamenco, confiaba en que José sería su continuador en las faenas agrícolas; y, en el deseo de una agricultura más próspera, lo envió a continuar sus estudios a Braine-le-Comte. Y allí, en la sencillez de su vida, descubrió su propia personalidad y la convicción de que siempre lo acompañaba el amor de su Dios para escoger ese camino que El le señalaba: el sacerdocio. En ese ideal, día tras día sentía más fuerte el llamado divino, y a los 19 años toma el hábito con el nombre de Damián, entregando sus días a la oración, a su perfeccionamiento en la palabra de la Biblia y a completar sus estudios de teología y filosofía. En 1857, ingresa a los Sagrados Corazones, para realizar una vida en la Congregación.
Recién cumplidos los 20 años, pronuncia sus primeros votos en la Casa Madre de los Sagrados Corazones, en París, y desde ese momento dirige sus oraciones a San Francisco Javier, el más grande de los misioneros que recorriera el Oriente; en esas oraciones pedía ser enviado a lejanas tierras como misionero. Su vocación había despertado y señalado el futuro de entrega, sacrificio e inmolación.
En su decidida vocación hacia las misiones, conocida su piadosa insistencia y debido a la enfermedad de su hermano, contando apenas con 23 años, el Superior General le otorga autorización para que viaje a las islas de Hawai. Es ordenado sacerdote cinco días después de su arribo a Honolulú, y de inmediato destinado a servir a la población nativa como misionero y pastor. En 1873 son tantos sus ruegos, que consigue ser trasladado al leprosario de la isla Molokai, donde permaneció hasta su muerte, en 1889, a los 49 años.
Los leprosos de la llamada "Isla del Diablo" eran confinados a un lazareto, aislados de familias y amigos, con la salvedad de los nativos, que no se separaban del enfermo.
Así los encontró Damián a su llegada: desamparados y sin auxilio alguno ni recursos que los protegieran, a tal extremo, que numerosos muertos no encontraban quien los sepultara. Los horrores, lejos de desanimarlo, le dieron la fuerza que pedía al Cielo, y venció dificultades en un esfuerzo físico y moral que sólo la fe podía darle. Al lado de los enfermos aprendió a curar llagas y heridas; los acompañaba con cariño y comprensión de sus males, y asistía a los moribundos en su desamparo llevándoles los auxilios religiosos, junto a la esperanza y al amor del Señor, que los recibiría en el Cielo.
Y hubo algo más: la hermosura de la naturaleza y su deseo de llevar alegría y calor a tanta desesperanza, a tanta desfiguración, lo motivó a cultivar flores, a sembrar huertos y a crear coros y orquestas, que en ese sombrío panorama daban alegría y recreaban a los destinados a una pronta muerte. Si bien todo esto aliviaba su labor, la soledad, la separación de su familia y de sus hermanos de congregación lo hacían sentir mayor angustia en el peso de su abandono. Y se impuso sobre todo ello, porque más fuertes eran su amor y su esperanza en el Señor.
Conocedor de los síntomas de la cruel enfermedad, supo de su contagio, y gracias a su fortaleza moral soportó y resistió cuatro años de enfermedad. Durante ella, su resistencia, en momentos debilitada, la entregó al amor de ser hijo de Dios, imponiéndose a la angustia y al dolor.
La sabiduría y los designios de Dios son inescrutables, pero conocemos su infinita bondad y amor por sus hijos. Por eso, bien podemos decir que nunca estuvo lejos de Damián en su dolencia; y éste, mientras su fortaleza lo permitió, permaneció junto a sus enfermos, y en oraciones conjuntas alababan al Señor.
Cercano el término de su vida, su mano ya marchita y debilitada escribió: "Me considero el misionero más feliz del mundo, in el Santísimo Sacramento sería insostenible una situación como la mía. Pero teniendo al Señor a mi lado, estoy siempre alegre y contento".
Damián encontró la santidad en una existencia de amor, que ofreció al Señor diciendo: "Me quedo con mis leprosos toda mi vida". La miseria de los cuerpos mutilados le dio fuerzas para compartir su dolor y morir por amor a Dios junto a ellos.
En sus últimas palabras expresó el respeto y admiración por quien lo acogió como uno de sus dilectos misioneros: la Congregación de los Sagrados Corazones. Dijo: "Qué hermoso es morir como hijo de los Sagrados Corazones". Y murió como mártir de la caridad y de su abnegación por los abandonados, los enfermos y los que esperan.
Su Santidad Juan Pablo II, en solemne ceremonia celebrada el día 4 del mes actual, ha beatificado a un mártir del amor a Dios y a sus hermanos marginados, a un misionero de los Sagrados Corazones, ante quien, hoy, el mundo se postra señalándolo como el Apóstol de Molokai, como el testimonio de la fe evangélica, como la fuente misma del amor a Dios.
He dicho.
El señor VALDES (Presidente).— Tiene la palabra el Honorable señor Thayer.
El señor THAYER.— Señor Presidente, Honorables Senadores, estimados amigos que nos escuchan y son hijos del mensaje del padre Damián:
En este merecidísimo homenaje al hoy beato Damián de Veuster, deseo dar, sobre todo, un testimonio de gratitud. Ya mis colegas, ex alumnos de los Sagrados Corazones de otras ciudades, han reseñado datos abundantes acerca de él, que siempre serán reflejo incompleto de su entrega a los leprosos por amor.
Quiero enfatizar mi gratitud, porque la vida del beato Damián evidencia que derramó a borbotones lo que tanto nos falta implantar como sustento de la sociedad libre; eso que entre todos estamos construyendo, cual es la lealtad absoluta, sacrificada y total a una sola vocación: la de servir; buscar el servicio, y no el poder. ¿Dónde, cuándo y en qué buscó poder, autoridad y mando el beato Damián? ¿Cuándo calculó mayorías, ventajas y cifras repartidoras para imponer su voluntad sobre otros? Nunca. Su vocación fue servir a los demás, y no tener poder sobre otros.
Tengo muy claro que los aquí presentes integramos un poder político, y los más de nosotros respondemos a un ideal y a una organización política. Política es gobierno, mando de la "polis". Pero este mando, este poder, es para servir y dar felicidad a otros. Autoridad no es dominio, no es posesión de cosas, sino poder para servir a aquellos sobre los cuales se ejerce dicha autoridad.
Creo que, si somos profundamente sinceros, debemos reconocer que los insertados en el noble quehacer político, legítimamente anhelamos ganar para servir. Pero fácilmente nos deslumbra, nos atrae y nos domina la pasión por triunfar, por ser más; y queda algo en la trastienda: la pasión de servir.
Por eso, el recuerdo de aquellos hombres encendidos en el más puro y noble sentido del amor, ése que Cristo enseñó al decir: "Nadie ama más que el que da la vida por sus amigos", nos hace bien, nos reconforta, nos actualiza y —me atrevo a expresarlo— purifica en el sentido profundo del quehacer político, que es poder para servir, y no poder para mandar. El deseo de poder para mandar no es malo; es legítimo siempre que se tenga viva, clara y prevaleciente la conciencia de que el mando es una esclavitud para servir; no un señorío para imponer.
El beato Damián era un hombre sano, fuerte, buen mozo. Conmueve comparar su foto a los 33 años —aquí la tengo—, cuando llegó a Isla Molokai el 10 de mayo de 1873 a servir a sus leprosos, y luego, 15 años después, en diciembre de 1888, cuando lo vemos desfigurado por la lepra que contrajo por no abandonar a sus hermanos leprosos. "Nosotros los leprosos..." fue su lema desde entonces, que no se cansó de repetir; y habló, oró, peroró, imploró por ellos, hasta crear realmente un movimiento que llevó alivio, bálsamo, signos de comprensión, a los más pobrecitos entre los pobres. Pues bien, esas dos figuras: el joven buen mozo, atractivo; el sacerdote santo y sano de 1873, lo vimos después, en 1888, convertido en un guiñapo humano, hecho leproso por amor a los leprosos. Esas dos fotografías nos hablan del cuerpo y el alma. La segunda foto, es como la imagen de su alma generosa y mártir. Mientras más desfigurado el cuerpo, más hermosa el alma.
Excúsenme que no pueda resistir la comparación del beato Damián con otro beato —más cercano a nosotros, pero igualmente santo—, cada uno fiel en grado heroico a su vocación: Alberto Hurtado. En los 15 años —tiempo que me correspondió conocerlo— que mediaron entre el momento en que el joven sacerdote, doctorado en Lovaina, llegaba a Chile e iniciaba su apostolado gigante con los más jóvenes, con los más débiles: estudiantes, adolescentes, trabajadores, pobres, y el día de su muerte, ¡cómo agotó su vida por los demás!
"Nadie ama más que el que da la vida por sus amigos", dijo el Señor; "Nosotros los leprosos...", decía Damián; "Contento, Señor, contento", le oíamos decir a Alberto Hurtado hasta el fin de sus días cuando, tras su fecundo apostolado, moría en agosto de 1952, destruido su cuerpo por el cáncer, pero bendiciendo desde el fondo del alma a su Patrón por haberle permitido amar, como amó Damián.
La vida como oportunidad de amar, y el amor como imperativo de servir, parecen ser la medicina que debiéramos inocular a nuestra sociedad e inyectarnos nosotros mismos, tan proclives al mando y tan esquivos al servicio, exactamente a la inversa de ese santo varón de Dios, que tan justamente hoy recordamos y homenajeamos.
He dicho.
El señor VALDES (Presidente).— Tiene la palabra el Honorable señor Urenda.
El señor URENDA.— Señor Presidente, Honorables colegas, distinguidos representantes de la gran familia de los Sagrados Corazones: la humanidad toda; la Iglesia Católica en particular; la cristiandad, y su patria terrenal, Bélgica, tuvimos un Pentecostés singular el pasado domingo 4 de junio: en la gran Catedral de Bruselas, el Papa Juan Pablo II proclamó las virtudes heroicas del padre Damián de Veuster, declarándolo beato de la Iglesia Católica, con lo que permite rendirle pública veneración.
Especialmente significativo es este reconocimiento para su familia religiosa: la Congregación de los Sagrados Corazones. Un nuevo beato, inspirado en los principios que impulsaron el padre José María Coudrin y la reverenda madre Enriqueta Aymer de la Chevaliere, se sumaba a las vidas ejemplares que la Congregación ha entregado a la humanidad.
En nuestro país, también un sentimiento Ale alegría nos invade y a él se suma, con este homenaje, el Senado de la República.
Durante un instante detenemos la preocupación por la contingencia que, con toda su importancia o urgencia, día a día nos atrapa, y en su lugar damos paso a la admiración y al respeto por lo trascendente, por aquello inmaterial que el hombre deja tras de sí cuando su presencia física nos abandona, y en lo cual se encuentra la verdadera justificación de nuestra existencia.
Ese espíritu nos motiva para brindar tributo a un hombre en cuya vida estaba el designio de lo sobrenatural: el padre Damián de Veuster.
Los señores Senadores que me precedieron en el uso de la palabra han detallado certeramente su vida, destacado su obra y Resaltado sus virtudes. Y quiero sumarme a ellos, porque hay circunstancias personales que, desde mi niñez, pusieron frente a mí su imagen y me hicieron sentir de muy cerca su beneficiosa influencia.
Soy, con orgullo, un hombre que se formó en la enseñanza de la Congregación de los Sagrados Corazones; y el padre, hoy beato, Damián de Veuster —quizás, más propiamente de Molokai— representa con singular propiedad lo mejor de la Congregación, ligándose indisolublemente su recuerdo, para todos quienes vivimos la infancia y juventud en sus colegios, con la época en que nuestra fe se formó y consolidó. En cada uno de los que cruzamos sus aulas, su nombre tiene una inmediata asociación con la emocionada plegaria y la modesta ayuda con que de niños contribuíamos a las misiones que la Congregación había creado, mantenía e impulsaba en los más remotos lugares del mundo.
Teníamos, para entender el inmenso sacrificio, la abnegación y hasta el martirio que involucra la vida de un misionero, la figura gigantesca de ese sacerdote que en plena madurez y por amor a Dios y a sus semejantes buscó ir donde los leprosos —aquellos seres enfermos, rechazados, marginados— para, sin temor de convertirse en uno más de ellos, entregarles su ayuda física y espiritual; y, en definitiva, inmolarse ofreciéndoles incluso su propia vida.
Un símbolo nítido de cuan fuerte debe ser la caridad y el amor a nuestros semejantes, junto al cual se entrelazaba la historia de una Congregación, que había hecho de Valparaíso una de sus principales sedes. Porque este lejano puerto de los confines de América era la ruta obligada y principal punto de detención de los esforzados misioneros que, dependiendo de la Prefectura del Pacífico Sur de la Congregación, emprendían el camino que los llevaría a Puanatú, Tucantúe, Mangareba, Gambier, Isla de Pascua y tantos otros rincones donde era necesario llevar la palabra de Dios. Entre ellos, Molokai.
De una de esas tantas travesías, recala en Valparaíso el vapor "Silphide", un 13 de mayo de 1834, para que de él desciendan el padre Juan Crisóstomo Liauzu y un grupo de misioneros, quienes se establecen en este puerto y fundan la primera residencia de la Congregación en nuestro país.
Y es quizás de una importancia insospechada para nosotros este puerto de América del Sur, que hace que las últimas palabras del buen padre fundador José María Coudrin, sean "Valparaíso, Gambier".
Con esa Congregación —que ha tenido entre sus miembros hombres de la talla de un Damián de Veuster y que tanto ha dado al mundo, particularmente a este país—, por felices circunstancias de la vida, mis vinculaciones han sido extraordinariamente fuertes. No sólo mi abuela paterna vino desde la lejana Tarija, en Bolivia —siendo muy joven—, a estudiar en el Colegio de las Monjas Francesas, los Sagrados Corazones de Valparaíso, sino que también lo hizo mi madre, a su tiempo, en el nuevo Colegio de Viña del Mar, y mi padre, en el de Valparaíso.
Por mi parte, durante nueve años fui alumno —tal vez más díscolo que estudioso— de los colegios que la Congregación mantenía en esta Región, y en donde tuve la suerte de contar con la guía de esa pléyade brillante de sacerdotes, en su mayor parte europeos, que realizaron una tan importante labor en la formación integral de buena parte de la juventud chilena. En esas mismas aulas conocí y tuve por compañeros y amigos a muchos que hasta el día de hoy sobresalen en la vida nacional, con los cuales mantengo aquel estrecho lazo de amistad que surgió hace tanto tiempo al alero de los Sagrados Corazones.
Y esa historia familiar, ligada a la Congregación, continúa con mis hijos, quienes también pasan por sus colegios.
Sin embargo, algo más me une a los Sagrados Corazones. No puedo dejar de mencionar al Padre Santiago —mi tío Gustavo Urenda—, quien, prácticamente desde su niñez y hasta su muerte, estuvo ligado a la Congregación y, en especial, al Colegio de Valparaíso. El, en gran medida, grabó en mi alma cuan importante es perseverar hasta el final en la fe y en la práctica de los valores cristianos para encontrar en ellos —al igual que Damián de Veuster en la soledad de Molokai— la fuerza que vence toda adversidad.
De allí que este homenaje tenga para mí un sentido muy especial, porque me ilusiona, quizás vanamente, en la idea de ser capaz de imitar, aunque sea en forma limitada, a todos esos sacerdotes que procuraron educarme, así como también, en el intento de recorrer el camino de generosidad y sacrificio que trazó con amor el Beato Damián en ese verdadero infierno que era Molokai.
Y de su vida hay tanto que extraer y aprender que sentimos que las dificultades nos superan, o que nos falta la fuerza para alcanzar el objetivo que nos hemos impuesto. Cuántos instantes de debilidad, de desesperanza y de dolor debió tener ese misionero perdido, en una isla del Pacífico, ro, dado sólo por las angustias de un grupo de leprosos, de quienes —al contagiarse— se había convertido en uno más. Y cuánta fortaleza encontró en el amor a Cristo, tanta que no sólo pudo sobrellevar la misión que voluntariamente eligió, sino que, independientemente de sus propios pesares, lo transformó en una herramienta de ayuda, aliento y hasta alegría para esos enfermos.
En función y como consecuencia de ese amor a Dios y a sus semejantes, ese joven de 33 años llegó a Molokai, y se convirtió en el "apóstol de los leprosos"; en el "mártir de la caridad"; en el "sembrador del ecumenismo"; en el "misionero sin fronteras" o en el "testimonio vivo de solidaridad", calificativos con los cuales los principales líderes mundiales —de Roosevelt a Ghandi, cualquiera sea su creencia religiosa— reconocieron la enorme trascendencia de su martirio.
Damián de Veuster, ahora el Beato Damián, merece ese reconocimiento —y el homenaje de hoy—, porque él, más que nadie entendió y puso en práctica aquello que tantas veces se dice y que casi siempre es un objetivo por alcanzar: "darse" a los demás. No sólo dio todo lo que tuvo, sino que —incluso— se transformó en uno más de aquellos a quienes daba.
Ese aliento de divinidad que lo envolvió se siente hoy con más fuerza cuando, lo que pareciera ser una retrasada beatificación, se transforma en la mejor oportunidad para que resurja, con más energía, el sacrificio del apóstol de Molokai frente —a veces— al incontenible egoísmo, a la comodidad o a la pasión por lo material de nuestro días.
La inmensa generosidad de Damián debe iluminarnos para siempre.
He dicho.
El señor VALDES (Presidente).— Tiene la palabra el Honorable Senador Muñoz Barra.
El señor MUÑOZ BARRA.— Señor Presidente, Honorables colegas:
El Partido por la Democracia se suma —evidentemente— a este merecido homenaje.
El Padre Damián —como se ha dicho en este Hemiciclo— se conoce por haber compartido libremente la vida de los leprosos, que fueron hacinados casi despectivamente en su época en la Isla de Molokai.
Su llegada a la que fue llamada la "isla maldita"; el anuncio de su enfermedad, producto de su vocación casi divina y su posterior muerte, sin duda, tenían que impresionar profundamente a sus contemporáneos de todas las confesiones. Por ello, entonces, desde el instante de su desaparición, el mundo que supo de su obra y que sigue recordándolo, ve en él a un modelo de héroe, pero diferente a los actuales impregnados por ejemplo de gran materialismo. El Padre Damián fue un héroe de la caridad que se identificó con los leprosos a tal punto —como señalaron algunos señores Senadores—, que decía con profunda autenticidad: "Nosotros, los leprosos". Pero, cuando empleaba tal expresión, no lo hacía como figura literaria, sino para referirse a su intensa identificación con aquellos que, a pesar de su enfermedad, no dejan de tener derecho al respeto, a la dignidad y al amor.
Tal vez —como ocurre hoy con la obra del Padre Santi frente a los "leprosos actuales", es decir quienes padecen el terrible mal del SIDA— Damián de Veuster concibió su presencia entre esos enfermos con una fineza, con una hermosura y con una sensibilidad que solamente un padre puede entregar a sus hijos.
Por lo tanto, la vida de quien recordamos en este día nos muestra su adhesión a una iniciativa que, evidentemente, provenía de un ser superior.
Impulsado por el deseo de aliviar el sufrimiento de los demás, el Padre Damián incursiona, incluso, en los progresos de la ciencia de su época y llega, en la exageración de su vocación, a experimentar en sí mismo tratamientos médicos. Así, además de esa vida tan profunda y mística, Damián realiza pruebas científicas consigo mismo; cura, día a día, las heridas repelentes de los leprosos; reconforta a los agonizantes y entierra en el cementerio, que él llama "el jardín de los muertos", a quienes completaban el calvario de la terrible enfermedad.
Me atrevo a decir en este homenaje que la familiaridad del Padre Damián con el sufrimiento y la muerte afinaron en él el sentido de la vida, de la paz y de la armonía interior.
El mundo de la política y del periodismo —como señalaron algunos señores Senadores, al repetir un pensamiento de Ghandi— difícilmente puede ofrecer un héroe de la talla del apóstol de la Isla de Molokai.
Por eso, termino este homenaje que he pronunciado en nombre del Partido por la Democracia, señalando que Damián de Veuster fue para los creyentes un servidor de Dios, pero también es y seguirá siendo para todos el servidor del hombre que más que vivir buscó razones profundas para vivir.
He dicho.
El señor VALDES (Presidente).— Tiene la palabra el Honorable señor Ominami.
El señor OMINAMI.— Señor Presidente, Honorables colegas, los Senadores de nuestra bancada nos sumamos muy sinceramente al merecido homenaje al Padre Damián de Veuster, porque los socialistas somos particularmente sensibles y reconocedores de las opciones de vida que ponen a los más pobres y desvalidos en el centro de las preocupaciones.
Nuestro mundo actual es, en muchos sentidos, distinto al del siglo XIX, en el que le correspondió vivir al Padre Damián. La ciencia y la tecnología han evolucionado en forma vertiginosa; la medicina ha hecho progresos sorprendentes, y la lepra no representa, en la actualidad, la plaga terrible y prácticamente incontrarrestable del pasado siglo. Sin embargo, debemos enfrentar otras lacras, quizás más sibilinas, pero no por ello menos graves: la pobreza, las desigualdades, la marginalidad, la ignorancia, la drogadicción y el SIDA.
Por esta razón, nos parece muy importante mantener vivo el recuerdo de quienes, en la historia de la humanidad, han sido capaces de gestos de entrega, como los del Padre Damián de Veuster.
He dicho.
El señor VALDES (Presidente).— Ha concluido el homenaje al Padre Damián de Veuster.
Saludamos a los miembros de las distintas comunidades de la Congregación de los Sagrados Corazones que nos han acompañado en esta ocasión, y agradecemos su presencia.
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