domingo 1 de julio de 2007

Sobre la oración y la acción en el Padre Damián

“... obligó a sus discípulos a que se embarcaran y se adelantasen a la otra orilla de Betsaida, mientras él despedía a la gente. Cuando se despidió de ellos, se retiró al monte a orar” (Mc 6,45-46)
“Exclamó Jesús: - Bendito seas, Padre, Señor del cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla... venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados...” (Mt 11, 25.28)



Jesús en nuestro primer texto no duda en obligar a sus discípulos a que se marchen y en despedir a la gente, después de un multitudinario y exitoso milagro, para buscar la necesitada soledad y retirarse al monte a orar. San Lucas hubiese añadido “...como solía”.
Por el contrario en el segundo texto Jesús, dentro de la oración con su Padre, invita a acercarse a él a las multitudes de cansados y agobiados para aliviarles. Aquí su oración no le aísla, le lleva a los necesitados para llevar a cabo su misión.
Como Jesús, el Padre Damián, como nosotros, luchó por mantener en su ajetreada vida el equilibrio necesario entre acción y oración, pastoral y vida interior: “lo más difícil es mantener el espíritu de recogimiento y oración en medio de mil distracciones y miserias”. Como nos muestra Jesús sólo la oración corrige y convierte nuestro trabajo en misión. ¿Cómo lo hizo Damián? Él, tan apreciado por su entrega, no debiera serlo menos hoy por el cuidado de la fuente de su entrega, como han hecho los grandes santos dedicados a los pobres, sirva de ejemplo reciente la Madre Teresa de Calcuta, tan amiga de Damián.
Fijémonos ahora en tres elementos de la vida de Damián que le ayudaron, y podrían ayudarnos a nosotros, en ese logro:
1º. Una ordenada vida espiritual. Era costumbre en la Congregación una reglada vida que asegurara el trato con Dios varias veces al día: Eucaristía, Adoración, meditación, breviario, rosario... Sin duda esa costumbre le benefició: “Al pie del altar encontramos la fuerza necesaria en nuestra soledad. Ahí, cada día, te encuentro también a ti...”; “Predico todas las mañanas después de la misa...”; “Me confieso con frecuencia al pie del altar...”.
La clara conciencia de que “se convertirán los habitantes de Puna si, antes, Dios convierte totalmente el corazón de su pastor” y de que “si no vivimos en El, no podemos dar fruto” le llevó a una vida de oración sin la cual no sólo no hubiera podido vencer su soledad, lo que peor llevó de todo (“sin el Santo Sacramento una situación como la mía sería insostenible. Pero con mi Señor a mi lado...”), sino que, sobretodo, no hubiera podido entender ni vivir la enfermedad de la lepra como una gracia de Dios que le asemejaba a Cristo: “Pues bien, mi reverendo padre, ya no hay duda ninguna para mí, estoy leproso; ¡Bendito sea Dios!”; “estoy seguro de que es su santa voluntad que yo muera de la misma enfermedad que mi rebaño”, y así pudo, como los grandes santos, entender su vida desde el crucificado e identificar en sí el calvario de Cristo, al que él llamaba “...el Gólgota de Kalawao”.


2º. Beber de la misión y alimentarse del fruto de lo sembrado. Por otro lado la oración le hizo ver a su rebaño con los ojos de Dios, no con los del hombre, y de este modo encontrar en la misión no sólo una fuente de desgaste sino también una fuente de vida divina: “Los leprosos, repelentes a la vista, tienen un alma redimida a precio de la sangre de Cristo”, “los leprosos, pues, son, en verdad, los miembros sufrientes de nuestro Señor Jesucristo”.
El sembrador supo reconocer el fruto que Dios había hecho madurar en el sembrado, y así supo alimentarse de él: “me siento muy edificado al verles, frecuentemente, hacer su adoración, a la hora señalada, en el lecho del dolor de sus chozas miserables”, y como Dios sentir más alegría en el corazón por un pecador que se convierta que por mil justos... “he pasado la tarde en el confesionario. La conversión sincera de algunos de los grandes pecadores me ha causado una enorme alegría. En medio de las privaciones el misionero encuentra consuelos de los que es difícil hacerse una idea.”
Y cuando esto no era posible y “de la mañana a la noche me encuentro envuelto en miserias físicas y morales que rompen mi corazón” reponerse con el alimento de los cristianos: “Al pie del altar encontramos la fuerza...”.

3º. Pedir que recen por mí. En este acercamiento a la acción y la oración en el Padre Damián nos queda un tercer punto. No ya su oración personal, ni su encuentro con Dios en los leprosos, sino la oración de los demás por él, algo que siempre pidió, más aún, demandó: “...no quiero convertirme en un mendigo que recoge dinero; le pido, sin embargo, que me dé la ayuda de sus oraciones y las de las hermanas y de vuestros conocidos. Deme, por favor, una parte de ellas, porque nuestro divino Salvador me ha llamado a hacer un camino muy penoso y quizá largo”. Es la necesidad de saberse sostenido no por las propias fuerzas sino por la fuerza de Dios, por el poder de la oración.


Y tú, ¿tienes a ejemplo de Damián una vida espiritual ordenada?
¿Sabes alimentarte de los frutos de lo sembrado?
¿Pides que recen por ti?
FUENTE WWW.PICPUS.COM